DOS TORRES: UN CRIMEN Y CINCO SENTENCIAS DE MUERTE

DOS TORRES: UN CRIMEN Y CINCO SENTENCIAS DE MUERTE

10 Jun 2019
DOS TORRES: UN CRIMEN Y CINCO SENTENCIAS DE MUERTE

 

Por fortuna, Dos Torres es un pueblo que no acostumbra a protagonizar hechos delictivos frecuentes y mucho menos sucesos criminales de envergadura.

Pero tampoco debemos pensar que la vida en la localidad ha transcurrido siempre de forma idílica. De vez en cuando los vecinos han tenido que asistir a sucesos horripilantes.

Una apacible noche de 1908, el jueves 11 de junio, al transitar por la desierta calle Real de regreso a su domicilio, el joven Antonio Fermín García-Arévalo Delgado fue interceptado por varias personas emboscadas junto al local del Pósito, justo frente a las puertas de la vivienda familiar que compartía con su madre viuda y otros varios hermanos menores de edad.

Antonio Fermín, de tan solo 26 años de edad y miembro de una de las más distinguidas familias de la localidad, había permanecido las últimas horas del día departiendo con amigos y conocidos en el casino de la localidad, el llamado Círculo, sito en la misma plaza. Poco antes de la medianoche se despidió y se encaminó directamente a su domicilio de la calle Real, el inmueble que hoy ocupa el Centro de Interpretación de la Arquitectura Popular.

Cuando llegó a la altura de la vivienda y se disponía a abrir la puerta varios sujetos que estaban ocultos junto a los muros del pósito se abalanzaron sobre él y mientras unos trataban de sujetarlo otro de ellos le lanzó un lazo al cuello con la intención de inmovilizarlo. El objetivo final era secuestrarlo, apoderarse de la llave de la vivienda y robar en ella un botín monetario y joyas que presumían era elevado.

No obstante la sorpresiva acometida, el joven no resultó presa fácil, se defendió, evitó el lazo y pese a que uno de ellos le asestó un navajazo en el brazo estuvo a punto de escapar de los agresores iniciando la huida entre voces de ayuda pero entonces otro de los agresores le disparó dos veces al tiempo que varios compinches trataban de interceptarlo de nuevo. La resistencia de la víctima finalizó cuando recibió varias puñaladas, una de ellas en el corazón que resultó mortal. Los asesinos, burlados en su propósito, se dispersaron en la oscuridad de la noche, perdiéndose por el laberinto de calles.

Las exclamaciones de los delincuentes, las llamadas de auxilio del agredido y las detonaciones de los disparos alertaron a la vecindad y a los propios amigos que aún permanecían en el Círculo que, alarmados, acudieron de inmediato al lugar de los hechos encontrando ya fallecido a Antonio Fermín.

Antonio Fermín era hijo de Francisco García-Arévalo Hijosa (Dos Torres, 1850/1904) y de Dolores Delgado García (Belalcázar, 1853/ Dos Torres, 1926), matrimonio que tuvo a otros muchos vástagos: María de los Ángeles, Francisco, Federico, Dolores, Inés, Emiliano, María del Rosario, Antonio Félix Antero y Fernando García-Arévalo Delgado.

El pavoroso crimen llenó de espanto a toda la población a la vez que levantaba una enorme indignación. El asesinato no era un suceso puntual. Tiempo atrás unos ladrones habían robado en el local de la Administración de Consumos de la villa una apreciable cantidad de dinero y sólo unas semanas antes del crimen se había producido el asalto al domicilio de un conocido y adinerado propietario de la localidad, don José Muñoz Calero, apropiándose los delincuentes de dinero, alhajas y un revólver.

La policía y la guardia civil comenzaron a sospechar que todos estos sucesos tenían alguna relación y que en ellos debía haber personas de la localidad implicadas. Los rumores eran abundantes pero los vecinos se guardaban muy mucho de señalar a nadie en concreto y una especie de ley del silencio impidió progresar en las pesquisas a las fuerzas policiales, faltas de pruebas concluyentes.

Pasaban los días y el crimen seguía sin ser aclarado. Autoridades municipales, familia y notables de la villa decidieron entonces entregar una recompensa monetaria considerable a quien proporcionara pistas certeras para la detención de los homicidas. Esta iniciativa y la eficiente labor de policía y guardia civil permitieron al cabo de un mes indicios seguros para acusar y detener a un sujeto de la población, Elías L. S., apodado “Pan Blanco”, de 27 años de edad y dueño de un local con billar donde, al parecer, se reunían y proyectaban golpes delictivos varios individuos vecinos de Dos Torres.

Los acusados del crimen fueron, además de Elías L. S., “Pan Blanco”, Andrés A. G., alias “Cabrera” y “Rayao”, jornalero de 26 años de edad; Isidoro Antolín G. F., “Arruña”, albañil de 35 años; Benedicto Fermín G. M., alias “Porritas”, de 28 años y zapatero; y Emeterio M. S., “Arenillas”, jornalero de 23 años.

En el registro del domicilio de uno de los acusados fue hallado el revolver con el que se habían hecho los dos disparos. El revólver era el sustraído en el asalto al domicilio de José Muñoz Calero perpetrado unas semanas antes. Las pesquisas policiales permitieron concluir también que varios de los detenidos habían participado igualmente en el robo a la Administración de Consumos.

Varios vecinos de la localidad fueron recompensados en metálico por la aportación de pistas y los jefes policiales recibieron de la familia de la víctima, como regalo por su excelente labor, un reloj de oro tras obtener el visto bueno de las autoridades policiales.

La causa judicial fue instruida en el juzgado de Pozoblanco y el juicio se celebró, con enorme expectación, en la Audiencia de la capital cordobesa durante varios días del mes de abril de 1909. Los acusados negaron su participación en los hechos, declararon su inocencia y objetaron que la confesión que habían hecho del crimen fue debida a las amenazas y procedimientos expeditivos de la policía y del juez encargado del caso. El fiscal, don Restituto Fernández, expuso que el móvil fue el robo y acusó a los encausados de asesinato con las agravantes de superioridad numérica, premeditación, alevosía y nocturnidad; solicitó pena de muerte para todos y cada uno de ellos. Por su parte, los distintos letrados de la defensa esgrimieron falta de pruebas objetivas aunque las conclusiones que elevaron a definitivas fueron muy dispares: unos afirmaron la no participación en los hechos e inocencia de sus defendidos, pidiendo la absolución de los mismos, mientras los abogados de los reos más comprometidos trataron los hechos de muerte violenta durante un intento, fallido, de robo, solicitando en el peor de los casos una condena temporal para sus defendidos.

El jurado popular declaró de forma unánime culpables a los acusados y se adhirió a la petición de pena capital para los cinco; ante ello, los defensores pidieron benevolencia al tribunal para que fueran sentenciados a cadena perpetua. Pero los magistrados de la Audiencia, encabezados por el presidente Francisco García Berdoy, se mostraron inflexibles ante la gravedad de los hechos y, de ese modo y de una tacada, cinco vecinos de Dos Torres fueron sentenciados a muerte, hecho al que difícilmente pueda encontrarse parangón en la historia jurídica española del último siglo.

Casi un año después, a finales de marzo de 1910, el monarca Alfonso XIII con motivo del acto de la adoración de la Cruz celebrado el Viernes Santo concedió el indulto a 23 sujetos que esperaban la ejecución capital en distintos lugares de la geografía española, entre ellos los cinco homicidas de Dos Torres, cuya pena fue sustituida por la de reclusión perpetua.

No sabemos qué fue de ellos, salvo el infeliz final del tenido como cabecilla de la conspiración: Elías L. S., alias “Pan Blanco”, fue trasladado al penal de San Miguel de los Reyes en Valencia, donde mostró una conducta correcta pero muy reservada. En la mañana del 25 de agosto de 1910, cuando se abrieron las celdas de los reclusos para que pudieran ir a la escuela, Elías se lanzó de cabeza al patio desde la galería del tercer piso fracturándose la base del cráneo y falleciendo como consecuencia de la caída.

 

P.D.: La documentación fotográfica adjunta a este artículo procede de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, del Ministerio de Cultura y Deporte.

 

ARCHIVO DE DOS TORRES

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